jueves, 31 de enero de 2019

Esto con Obama no pasaba

Killington 12 de enero, 2019
Hace quince años que esquiamos. Aprendimos de grandes nosotros. Yo tenía 35 y fue en Cerro Bayo, en Villa la Angostura. Mis hijos eran re chiquitos. La nena tenía cuatro y el varón seis. Como sera que ellos ya casi no se acuerdan de la primera vez que se pusieron los esquíes. En cambio para mi, fue todo un animarse a algo arriesgado… ¿desafío? Y sí. Muchos problemas que superar: la indumentaria infumable, los movimientos anti intuitivos (¿Qué es eso de tirarte para adelante sobre la pendiente para controlar la velocidad y hacia atrás para acelarar?), el viento, los instructores, las colas en los medios… ¿Qué más puedo contar de una semana de esquí que no haya contado ya? Este es el cuarto año que venimos a Killington. Nos gusta porque tiene pistas largas para esquiadores intermedios, cosa que es bastante difícil de encontrar en Argentina, donde los centros de esquí (o al menos los que conocemos nosotros) están hechos para gente bastante joven o veteranos muy expertos o con tendencias suicidas. Aca la juventud puede pasarla bien, pero hay todo otro público, como nosotros, que también se siente incluído.

Este año viajamos por Delta. Al llegar al hub de Atlanta nos queríamos morir: la cola en migraciones era descomunal. En chiste yo dije: esto con Obama no pasaba… pero parece que algo tenía que ver con la gestión Trump y el shut down. Parece que los empleados federales no habían cobrado el sueldo y por eso mucha gente había pedido licencia. Al lado de la cola había unos argentinos que iban a Orlando. Eran de Catamarca, hacía como dos días que estaban viajando. Por mucho menos en Argentina armamos un quilombo descomunal, les dije con la intención patética de buscar una mirada de complicidad. Porque estábamos en EEUU y nos la bancábamos calladitos, calladitos. Una empleada nos dijo que las máquinas no funcionaban porque había habido mucho fraude… igual, nos llamó la atención la calma con la que se la tomaban los tipos de migraciones y que no nos tomó las huellas. El tema es que perdimos el avión con conexión a Boston. Por suerte, los empleados de Delta sí fueron muy eficientes y rápidamente te iban acomodando en el vuelo siguiente así que, aunque un par de horas más tarde, llegamos a Boston el día que teníamos previsto para recoger nuestro auto de alquiler en Hertz y manejar hasta Vermont.

El hotel sigue lindo como siempre. Ni muy berreta ni demasiado lujoso. Confortable y práctico. De montaña. Pero de Green Mountains. De Vermont. De madera de Nueva Inglaterra. Pasamos bastante tiempo en el hotel, porque después del día de esquí casí no queda sol. Vermont es recontra al norte. La otra noche pusimos la televisión. Fue un solo día y estaban dale que dale con el shut down, con los riesgos para la seguridad, con los testimonios de los que no habían cobrado el sueldo y… bueno. Esa noche no podía dormir. Era un hecho que me afectaba que se insinuaran problemas de seguridad en los aeropuertos. Así que decidí que la televisión no se prendía más. Igual, me saltaban noticias por Internet. Pero no las leía. Habíamos ido a esquiar, a fin de cuentas.

lunes, 28 de enero de 2019

Último día tucumano

San Miguel de Tucumán, 18 de noviembre

Selva Tucumana
El día amaneció lluvioso. Tomamos la ruta 307 después de desayunar camino a la ciudad de Tucumán. Nos sumergimos en la selva tucumana amenazada de brumas y lluvias intermitentes. Hay que mantener tanto verde. Cada tanto parábamos a sacar fotos, además íbamos despacio, con cuidado… había mucho tráfico en sentido a Tafí.

De regreso por la ruta 38
Al salir de la selva tomamos la ruta 38 en dirección a Famaillá. Después entramos a Lules. Yo recordaba que era la ciudad de Palito Ortega. Los sábados, cuando era chica, yo siempre veía sus películas. Me acuerdo mucho de “Yo tengo fe”, que era medio autobiográfica porque contaba su vida en el pueblo desde que se tomó el tren para ir a Buenos Aires.
Estación de Lules
Fuimos hasta la estación y miramos un poco. Es una ciudad chiquita. En los alrededores se ve bastante pobreza. Vemos un carro arrastrado por una moto. Hay muchas motos. Me quedé pensando que estos pueblos del interior profundo las motos quizá son una reencarnación los caballos. Las motos son una manera diferente de concebir la movilidad. No son autos, tampoco son bicicletas motorizadas… son caballos.
Desde el interior de la Casa Histórica
Murales de Lola Mora
Ahí muy cerca ya, llegamos a San Miguel de Tucumán. No es una ciudad que enamore, en particular. Esperaba ver más naranjos. A lo mejor, todavía no estaban con frutos. Fuimos a visitar la casa histórica. No nos pareció muy a la altura de su significado histórico. Un poco venida a menos, digamos. Estábamos viendo una especie de infografía interactiva… y justo que cortó la luz. Entonces salimos a los patios. Quizá lo más interesante (y que realmente vale la pena) sean los murales de Lola Mora que fueron hechos por encargo de Roca.
Después buscamos un restaurante para comer empanadas, tamales y cayote con nuez. A la tarde subimos al cerro, donde parece estar lo más lindo de la ciudad. La selva es hermosa, pero el camino es para tomarlo con cuidado. Nos pasó un Porsche a los pedos. Uno no sabe bien qué pensar de los contrastes norteños que se ven al pasar.
Cristo de San Javier
Después de muchos recovecos, llegamos al Cristo de San Javier. Junto  a la estatua hay un centro de interpretación donde se cuenta, infografías mediante, algunas cosas sobre el área de San Javier cuya construcción había empezado a principios del siglo XX con proyectos medio ambiciosos como la ciudad universitaria que finalmente nunca se realizaron. Y también algunas curiosidades sobre el camino de subida el cerro, como la trayectoria de “El rulo” una vuelta bastante retorcida necesaria para subir por la que pasamos de ida y de vuelta. La vista desde San Javier es linda, aunque hubieramos esperado más oferta gastronómica… tampoco nos pareció muy cuidado el entorno. Un poco de basura aquí y allá, realmente, una pena.
Vista de San Miguel del Tucumán desde el Cerro San Javier
Avanzamos un poco antes de bajar. Quisimos conocer la cascada del río Nosqsue, pero por las lluvias estaba anegada y un guardia nos recomendó no bajar.  Entonces decidimos volver. De regreso pasamos por la zona de Yerba Buena, aparentemente, un barrio muy elegante.
Menhir en el jardín de la
Casa de Gobierno
Ya de vuelta en la ciudad, caminamos por la zona histórica, entramos a la Catedral y vimos algunos edificios emblemáticos. La casa de gobierno nos pareció muy imponente incluso más linda que la Casa Rosada. Finalmente nos quedamos a tomar un café frente a  la basílica de nuestra señora de la Merced. Por la noche saldríamos a cenar con unos amigos. A la mañana siguiente, nuestro avión volvía, muy temprano, para Buenos Aires. Así que el viaje, comenzó su cuenta regresiva.

domingo, 27 de enero de 2019

El camino a la Ciudad Sagrada

Tafí del Valle,17 de noviembre de 2018
Nos despertamos muy temprano con la noticia de que habían encontrado el ARA San Juan. Eran como las seis de la mañana pero en la ansiedad de saber qué había pasado no pudimos volver a dormir. Como el plan era ese día visitar las ruinas de Quilmes nos fuimos a desayunar mientras nos poníamos al tanto de las noticias. El desayuno de la hostería nos gustó. Sencillo pero rico. Estaba medio nublado…  si llovía se nos iba a complicar la excursión.

En la ruta

Tomamos la ruta 307 camino a Amaicha. Vimos  algunos autos y micros de dos pisos que daban bastante miedo en las curvas. Al rato nos dimos cuenta de cierto cambio en el panorama meteorológico: había despejado bastante. Pensamos que los pronósticos se equivocan mucho, por suerte, a nuestro favor.
El Infiernillo
En El infiernillo, que es un alto en el viaje, nos encontramos con una panorámica contundente por lo que paramos para sacar fotos. También hay un puñadito de tiendas con artesanías regionales. Me compré un bolsito étnico multicolor a buen precio. Eso sí, solo efectivo. Había dos llamas a modo decorativo y nos miraban. No creo que fuera nada personal, estaban ahí para poner cara de llamas y dejarse sacar fotos con los turistas.
Dejamos una propina en un chanchito de barro. Un local nos señaló una buena foto en el punto panorámico, es que aparecen los primeros cóndores. El horizonte era verde imponente y recortaba la silueta de las montañas con cierta mística.

Valía la pena quedarse colgado mirando a la distancia… estaba fresco. Habíamos hecho bien en ponernos los polars antes de bajar. Al salir de Él Infiernillo, pasamos por las cumbres Calchaquíes. A medida que avanzamos un ejército de cardones avanzaba glorioso levantando el estandarte de una landmark.
Los cardones se veían gordos y hermosos. La mayoría con brotes asimétricos a los que les faltaba poco y nada para ser flores. Algunos tenían muchos brazos enormes. Un cartel de la ruta presentaba a uno de ellos como el cardón abuelo. Un grupo de turistas paró justo ahí a sacarse fotos con el super cardón. Más adelante había una escuela que se llamaba Manuela Pedraza.
Escuela Manuela Pedraza con Paneles Solares en el techo
Nos llamaron la atención los paneles solares sobre el tejado. Pasamos también por un observatorio astronómico, o mejor dijo, la entrada. El observatorio, tomamos nota, quedaba hacia arriba de la montaña, sobre la ladera derecha. Tomamos nota, a la vuelta, si teníamos tiempos, iríamos a ver qué onda. Después llegamos a Amaicha pero seguimos directo a Quilmes. El camino de ingreso al sitio arqueológico es de ripio pero son muy pocos kilómetros, apenas un desvío. Me llamaron la atención algunos pequeños cúmulos de piedra en las banquinas. Luego supe que esos montoncitos se llaman apachetas y están relacionadas con el culto a la Pachamama.
Las ruinas de Quilmes están bastante restauradas. Se nota el esfuerzo por hacer rendir el yacimiento arqueológico con fines turísticos. En primer lugar, el nombre: Ciudad Sagrada de Quilmes. En segundo lugar, el centro de interpretación, está muy bien hecho, al estilo yanqui. Con material audiovisual y un guión épico y emotivo destacando el espíritu de libertad de los Quilmes, primero resistencia al Inca y luego a los Españoles. También presentan con atractivo cool el culto a la Pachamama. Ya fuera del centro de interpretación, un guía explica con mayor rigor histórico algunos detalles. Por ejemplo, que las viviendas ubicadas a mayor altura se correspondían con un mayor estrato social dentro de la comunidad.
El camino de ascenso a la Ciudad Sagrada de Quilmes
En la cima el consejo de sabios y caciques, eran los que mayor poder tenían. Las ruinas están reconstruidas en un 10 por ciento. Subimos el Pucará Sur hasta el atalaya. No llegamos hasta el último, pero igual, fue bastante alto. La visa desde arriba es imponente. Vale la pena ver el laberinto de paredes de piedras hacia abajo, interrumpido solo un cachito por cardones y apachetas. Levantando la vista, las cumbres Calchaquíes regadas del verde descolorido del mediodía. Sí, demasiada luz. Y demasiado calor.
Vista de la Ciudad Sagrada de Quilmes desde la cima. En el horizonte, las Cumbres Calchaquíes.
Nos estábamos deshidratando, así que comenzamos a bajar y fuimos arrancando para Amaicha. Descartamos seguir hasta Santa María, será otro viaje.
El Museo de la Pachamama
Almorzamos en Amaicha en un lugar encantador que nos hizo acordar a una cafetería literaria de Caviahue. La estiramos un poco para disfrutar. De postre, comimos helado con dulce de tuna. Después visitamos el Museo de la Pachamama, un emprendimiento artístico inspirado en motivos indígenas que me gustó mucho. Leí en Tripadvisor que algunos critican porque esperan un museo de tipo arqueológico o histórico.

El Museo de la Pachamama
El Museo de la Pachamama es otra cosa, es una instalación creativa, una versión libre y moderna del culto a la Pachamama visualmente atractiva. Vale la pena entrar, caminar y perderse por las esculturas simbólicas y dejarse llevar por lo que a uno le pasa caminando entrando en las figuras tal como las imagino Cruz, el artista emprendedor que montó el museo.

El Museo de la PachaMama
Como regresamos por la misma ruta por la que habíamos ido, intentamos visitar el observatorio astronómico… subimos (ahora quedaba a nuestra izquierda) y tocamos el timbre varias veces. Había carteles ploteados que anunciaban visitas y paquetes turísticos con observación incluída… pero no nos atendió nadie así que volvimos a la ruta medio desilusionados. Así que llegamos a Tafi y nos pedimos una cervecita… mientras mirábamos el cerro. Finalmente, no había llovido nada ni parecía que iba a llover. Así que salimos a caminar, a comprar algunos souvenirs (zapatillas de telar étnico, dulce de cayote, imanes). En una de las calles del centro había un evento folklórico privado en una carpa, estaba el intendente y un cordón policial. No dejaba pasar ni los autos ni las motos. Vimos a un pibe re caliente con la policía por la cuestión y medio que hasta discutieron. Unas cuadras más adelante, había otro evento. Un festejo deportivo parecía, me imaginé que era de fútbol. Venían por la calle principal a los bocinazos limpios con una copa alzada. Y lo que seguía era una procesión detrás de la imagen de la virgen. Chicos y chicas vestidos para el carnaval a toda comparsa bailando “Felices los cuatro”. Los padres filmando y sacando fotos con los celulares. Hablemos de sincretismo, de la convergencia de las tradiciones con la modernidad. Hablemos de la cantidad de gente en Tafí… cenamos en el hotel. Era lo más práctico.
Desfile carnavalezco al paso

lunes, 26 de noviembre de 2018

Menhires y vaquitas


16 de noviembre de 2018


Salimos a la madrugada. Cuatro de la mañana para ser exactos. Queríamos llegar temprano a aeroparque, por las dudas. Estamos en vísperas de fin de semana lago y para variar había amenaza de protesta sindical. El vuelo salía 6:40, esperábamos tener mucho margen pero cuando entramos aeroparque nos encontramos con la locura de unos 200 metros de cola. Había tantísima gente y avanzaba lento. A medida que se acercaba la hora de preembarque, nos empezabamos a estresar más. Dos minutos antes nos decidimos y salimos de la cola. Nos dejaron pasar. Pusimos cara de ambulancia y en 15 minutos estábamos arriba del avión de LATAM destino a San Miguel de Tucumán. Igual, salió demorado, los pasajeros tardaron un montón en embarcar y no faltó un poquito de candombe con el tema del equipaje de mano… es que en competencia con las Low Cost te cobran aparte la bodega… bueno, se imaginarán los efectos. Nosotros no llevábamos casi nada.

Me quedé dormida. Me despertó la azafata para un café. Me tomé el café y me desperté para el aterrizaje. Igual estaba en el pasillo así que por la ventanilla no se veía nada. El aeropuerto de Tucumán nos recibió con calorcito y el perfil de los cerros a la distancia. Si bien el aeropuerto es internacional, pero no deja de tener el estilo galpón que tienen todos los aeropuertos de las provincias. Lamento decirlo, pero bueno. Fuimos derechito a la local del alquiler de auto que teníamos reservado y nos entregaron un Ford K. La empleada recontra amable y eficiente. Igual, fue un poco denso revisar todos y cada uno de los bollitos y manchitas que había que poner en el acta. Para colmo, antes de arrancar nos dimos cuenta que un foquito trasero no andaba… y otra vez a avisar. Uf. Se hizo largo. 




Camino a Famailla


Finalmente a eso de las 9 arrancamos camino a Tafí del Valle. Tomamos la ruta 301 y empezamos a sumergirnos en el camino verde. Queríamos desayunar de verdad y entonces decidimos entrar en el primer pueblo que se postulara y caímos en Famaillá. La entrada nos pareció un poco bizarra ¿qué es eso? ¿Un cementerio? Parecía más un parque temático. Desde el auto, nos pareció ver, a las apuradas, una especie de escenario simulando el vaticano, con estatuas coloridas del Papa Francisco y la guardia… con sus trajes diseñados por Miguel Angel. Hay una autora (Turkle) que habla del efecto “Cocodrilo artificial” para explicar como la realidad simulada puede transformarse en un arquetipo más perfecto y significativo que la realidad que emula. Bueno, no sería el caso de este fake que vimos al paso. Obviamente ni bajamos y seguimos hasta la plaza principal, donde encontramos un café que nos gustó y nos sentamos en la vereda bien al estilo parisino. Pedimos dos café con leche con medialunas. Además venía con juguito de naranjas. Nos pareció tan barato que preguntamos dos veces el precio. Mientras estábamos en la mesita hicimos toda una experiencia inmersiva. Maestras y niños circulando con guardapolvos blancos impecables, de esos con manga larga de los que ya no se ven en Buenos Aires. Otro grupito con uniforme… chicas con pollera ¡y corbata!. Y muchas motos. Muchísimas. Señoras grandes, bastante añosas, motorizadas.

Al salir de Famaillá nos fuimos metiendo en la selva. La selva tucumana es imponente ¿qué más puedo agregar? Las primeras vacas se nos empezaron a cruzar bastante impunes. Y también algunos burritos. Todo bien. Nada que objetar. Estábamos escapándonos de la ciudad. Llegamos hasta el mirador del Indio y paramos a sacar unas cuantas fotos. Valia la pena. También hicimos nuestras primeras compras porque había unos comercios chiquitos con productos regionales. Me compré una cartera colgante de colores con motivos indígenas y tres bolsillos. Es genial, me entran los dos pares de anteojos y el celular en un bolsillo muy a mano. Un golazo.




El Indio

Ya llegando a Tafí del valle pasamos por El Mollar buscando los menhires, pero medio como que nos perdimos y no los encontramos. Terminamos en el Dique de La Angostura y nos quedamos viendo el paisaje que de golpe se había vuelto totalmente perfecto. Después nos fuimos para la hostería que habíamos reservado en Tafí. Ya era el medio día así que dejamos nuestro equipaje mínimo y salimos a caminar por el pueblo, que nos pareció chiquito y simpático. Entramos en un restaurantito a comer unas empanadas y una humita al plato que estaban para recomendar. 




Dique La Angostura




Después de comer pensamos en ir a buscar los menhires que no habíamos encontrado. Una posibilidad era hacer la ruta de los artesanos o las dos cosas. Nos tiramos al camino sin mucho plan.
Finalmente después de algunas vueltas encontramos la plaza a la que habían llevado los menhires. Por mi parte yo pensé que estaban en el sitio original, pero parece que no, que los juntaron de todas partes del valle de Tafí y que los metieron esa plaza, bastante descontextualizados. Es una pena que estén tan poco cuidados y con tan poca información. Ni siquiera se paga entrada. Hay algunos carteles desgastados que tiran algunos datos, pero muy poco en verdad. Solo te queda en limpio que se trata de piezas de unos 2000 años de antigüedad… y luego algunas especulaciones medio obvias del tipo “símbolo fálico”.




Menhires en Los Molles


Cuando salimos de Los Molles, nos metimos otra vez por la ruta que atraviesa las sierras y de pronto estábamos en medio de una nube. Al salir, habíamos llegado a una estancia jesuítica preparada para el turismo con vaquitas y fábrica de queso. Pero no pudimos entrar, estaban limpiando. Nos contentamos con ver a los terneros corriendo en su corral.


Vaquitas en el corral de la Estancia Jesuítica


De regreso a Tafí, se había despejado ya. La vista, hermosa. Nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo otra vez y tomamos café con palmeritas. Después cenamos en el hotel porque nos fuimos a dormir temprano. Teníamos planeada una excursión larga para el día siguiente.

lunes, 30 de julio de 2018

Últimas imágenes de Manhattan

Nos tocó buen tiempo en Killington, digamos, dentro de lo esperable para una temporada de esquí. Un día llovió, pero ya aprendimos que de seis días uno seguro es imposible para esquiar por lo que sacamos un pase cinco días previendo un day off. Y así fue. El tercer día llovió. Diluvió para ser exactos. Así que ese día salimos a pasear. En vez de ir a Rutland como habíamos hecho el año pasado, fuimos a Lebanon, en dirección contraria, pasando por Woodstok. Woodstok es un pueblito muy pintoresco bien típico de Nueva Inglaterra con templo Masón incluído. Lebanon no nos pareció tan bonito, pero tenía un centro comercial más o menos importante así que aprovechamos para hacer algunas compras y comer en un Denny's al american style.
Los últimos días de esquí fueron bastante fríos, otra vez. La calidad de la nieve mejoró gracias a que el día del diluvio a medianoche bajó la temperatura y la lluvia fue mutando en nieve. Y después pusieron las máquinas a trabajar con todo. Los snow makers tuvieron mucho trabajo para recomponer la montaña. Igual, el primer día fue caótico, algo que nunca habíamos visto. Como tocaba feriado largo  (por el día de Martin Luther King) los esquiadores cayeron en masa y el centro estaba al tope. Además, a causa de las heladas, había algunos medios fuera de servicio, lo cual jamás nos había pasado. Al día siguiente todo estaba en orden y pese a la cantidad de gente, estuvimos cómodos otra vez.

Finalmente, día de regreso a Nueva York fue largo. Si bien no eran tantas horas en teoría, a causa del fin de semana largo, la ruta estaba relativamente pesada. Además era un viaje para tomárselo con calma ¿Cuál era el apuro?
Como me había comprado un robot didáctico por Amazon, fuimos a buscarlo a un Seven Eleven. Yo me negaba a poner como receptoría algo que no fuera el front desk de un hotel pero, un poco cansados de algunas confusiones, se decidió innovar. En el Seven Eleven nos encontramos con un armario mecánico que abrió un cajoncito previa autentificación con un QR que llegó al celular. El cajoncito nos entregó el paquete que estábamos esperando con todo en orden. Parecía un capítulo de Black Mirror.

Esa noche cenamos tex mex en el Hard Rock de Times Square y estuvo diez sobre diez. Al día siguiente amaneció de un frío tolerable. Aunque había pronóstico de nevadas el día se mantuvo más o menos aprovechable. Así que caminando hacia el World Trade Center visitamos el Empire State que nos deslumbró con una vista aceptable de la ciudad. N.Y era una Sim City de carne y hueso. Pasamos un buen rato tomando fotos e identificando edificios convencidísimos de que la entrada saladita valió la pena, realmente.

Desde el Empire State

Después seguimos rumbo hasta Ground Zero y nos encontramos con que la
estación Oculus que ya estaba terminada y habilitada. Oculus, casi tan grande como Central Station lleva en su corazón al World Trade Center Transportation Hub, con hasta 11 líneas distintas de metro y el tren que conecta Nueva York con New Jersey.
Oculus
Oculus, como todos los diseños de Calatrava, tiene esa forma extravagante que da un poco instrumento de cuerda y otro poco fósil de dinosaurio. Honestamente (no voy a ser snob en esto) el diseño no me gusta mucho de afuera. Ahora bien, al ingresar, mi impresión cambió. El espacio interior es limpio y extraordinariamente luminoso. Quizá parezca una modernidad idealizada que en pocos años entre en la categoría de clisé anticuado. O quizá no. Porque el diseño no da exactamente el estilo Zen tan de moda y que sin duda influyó decisivamente en el memorial del 11-9. Es algo diferente. En fin, el tiempo dirá. De lo que no hay dudas, es que cambió completamente la fisonomía del WTC y le agrega a un Landmark a Manhattan. Eso no se discute, para mí, ¿eh? Porque por ahí leí que había goteras los días de lluvia y no sé que otro escándalo… pero no me interioricé en el conventillo local.

Vista  internade la nueva estación de WTC

Oculus por dentro

Al final, como ya se iba poniendo el sol, saludamos a la estatua de la libertad y volvimos en el metro para Times Square. Esa noche vimos Aladdin en una sala repleta (compramos las entradas a la mañana por una app para celular y casi eran las únicas que quedaban). Fuimos a cenar a la salida a Planet Hollywood, tardísimo para las costumbres americanas porque casi no quedaba ni el loro. El restaurante estaba decorado para San Valentín. Es notable cuanto se anticipan los días festivos para estirar temporada del merchandising. Qué bien la hacen.
A la madrugada vimos desde el piso 18 del hotel que empezaba a nevar y siguió así toda la mañana. Así que el último día antes de ir para el aeorpuerto fue un bajón. Pretendimos caminar hasta Central Park y llegamos como atravesando una carrera de obstáculos. La verdad que no valía la pena.
Para compensar (bueno, un poco de casualidad, digamos la verdad) nos tomamos una limusina para ir al aeropuerto. Nos sacamos fotos bien argentas adentro, como no podía ser de otro modo.

Desde la limusina

El vuelo bien, pero mal horario. Salir a las 3 de la tarde para llegar a las 4 de la mañana no es lo mejor para dormir. Así que llegamos a Buenos Aires bastante desesperados por tirarnos en la cama y desmayarnos, otra vez, bajo el verano austral por lo menos hasta medio día.





domingo, 1 de julio de 2018

Adieu Canadá

Kllington, 8 de enero
Hoy nos fuimos de Canadá. Y otra vez amaneció nevando. Había vehículos especiales sacando la nieve amontonada. Tampoco se veía el sol. Salimos orientados por el gps a la ruta pensando, sin más, que dura es la vida en semejantes latitudes. Unos días de nieve intensa puede parecer excéntrico y divertido para nosotros, pero vivir en una ciudad así… Inviernos larguísimos, poca luz solar debe afectar mucho en el estado de ánimo de la gente.
Canadá nos dejó una impresión agradable. La gente es cordial, es amable. A los quebequeños (¿se dirá así?) les gusta conversar y se esfuerzan por hacerse entender. Si te hablan en inglés, es un inglés más fácil de captar que el americano. Incluso el francés resulta accesible, nada que ver con el francés de Francia. Es otra cosa.
Leímos por ahí que hay todo un tema con el consumo de marihuana. De hecho, nos llamó la atención que en el hotel se aclarará con un letrero en el baño que estaba multado fumar tabaco y marihuana. Se ve (se huele, sobre todo) mucha marihuana por todas partes, especialmente en la ciudad subterránea. Como que pega bastante con un ambiente depresivo, medio triste, donde no se sabe mucho de qué podés reirte, medio en cámara lenta.

Quizá sea el efecto de la nieve, que uno ve caer despacito y en silencio. Quizá solo sea imaginación. O quizá las dos cosas.


Como sea, dejamos atrás Canadá tomando una ruta en la que comenzó a soplar viento blanco. Avanzamos despacio. FInalmente cruzamos la frontera después de unas pocas preguntas en el puesto de control. Ya en Vermont nos sentimos como en casa. El plan es descansar en un ski week en nuestro querido Killington, una vez más. Así que suspendo este relato diario por unos días.

Al pasar la frontera de regreso

Hasta entonces.

jueves, 5 de abril de 2018

Una basílica luminosa

Montreal, 7 de enero


Ahora volvió a nevar. Y ya no es nieve seca sino copos más bien grandes. Es que subió un poco la temperatura y con la temperatura, la humedad. Pero esta mañana, hacía mucho frío, 23 bajo cero, para ser precisos. Sin embargo había salido el sol y eso nos entusiasmó para salir a recorrer el Old Montreal. Igual, fue duro. A las 9 de la mañana, cuando salimos a caminar, no había un alma en la calle. Y si no nos poníamos del lado del sol, era para congelarse. Aún así pudimos ver algunos de los edificios emblemáticos de la vieja ciudad. Edificios elegantes de estilo francés. A la basílica no pudimos entrar porque estaban dando misa, así que dejamos la visita pendiente para la tarde. Es difícil apreciar la ciudad porque la nieve oculta gran parte, pero es posible también que la nieve le agregue cierta magia. Llegamos hasta el puerto. Ahí vimos todo congelado. Literal y metafóricamente. Todo parecía abandonado como restos de empanadas viejas en un freezer.

El puerto

Old Montreal

Old Montreal

Old Montreal

Un par de horas después el frío se había vuelto insoportable, así que optamos por sumergirnos en la Montreal Subterránea y conocer un poco más de lo que pasaba por ahí abajo. Nos dejamos llevar por el laberinto y descubrimos que la parte por la que habíamos circulado era bastante diferente. En efecto, estuvimos en zonas mucho más elegantes, quizá hasta lujosas. La ciudad subterránea (RESO) es enorme y diversa. Encontramos dentro hasta un fragmento del muro de Berlín expuesto como un monumento. Llegamos también a Gare Centrale, la estación de trenes que se encuentra casi el medio de la ciudad. Nos perdimos un poco pero al final le encontramos la vuelta.

Montreal Subterránea (RESO)


Montreal Subterránea (RESO)


Fragmento del Muro de Berĺín - Montreal Subterránea (RESO)

Montreal Subterránea (RESO)

A la tarde fuimos a la Basílica. Hacia un poco menos de frío por lo cual fue menos sufrido llegar. Igual ya no había sol y sabíamos que se venía una nueva nevada. Para ingresar a la basílica hay que pagar entrada, pero dejan sacar fotos e incluye una visita guiada en inglés.
Basílica de Notre Dame
El guía era simpático y buen orador, por lo que le entendíamos muy bien e hizo muy interesante su introducción en la que explicó la historia de la construcción de la basílica y su relacioń con Montreal. La iglesia es hermosa y vale la pena visitarla. Toda la iglesia se encuentra impecable. Fue construída en el siglo XIX y podríamos decir que es neogótica. Aunque la decoración interna parece más bien un estilo barroco medio recargadito.

Basílica de Notre Dame

Sin embargo, las figuras y los recovecos no tienen ese estilo angustiante y oscuro de la mayoría de las iglesias católicas donde el barroco español hizo estragos. Las luces y sombras de esta iglesia crean una atmósfera mística acogedora que evita esa angustia mortificante típica que da ganas de huir.

Basilica de Notre Dame
Basílica de Notre Dame

Tres aspectos son para destacar, primero el cielo raso de color azul con estrellas doradas, segundo un órgano majestuoso y finalmente, la capilla del Sagrado Corazón, con un mural impresionante y mucho más moderno. En este sector no estaban permitidas las fotografías porque estaba reservado para la oración.

Anochecer en Montreal
La última caminata por el Old Montreal fue rápida porque con la caída del sol, otra vez comenzó a nevar. Así que tuvimos que volver para refugiarnos en la ciudad subterránea y sobrevivir.