jueves, 5 de abril de 2018

Una basílica luminosa

Montreal, 7 de enero


Ahora volvió a nevar. Y ya no es nieve seca sino copos más bien grandes. Es que subió un poco la temperatura y con la temperatura, la humedad. Pero esta mañana, hacía mucho frío, 23 bajo cero, para ser precisos. Sin embargo había salido el sol y eso nos entusiasmó para salir a recorrer el Old Montreal. Igual, fue duro. A las 9 de la mañana, cuando salimos a caminar, no había un alma en la calle. Y si no nos poníamos del lado del sol, era para congelarse. Aún así pudimos ver algunos de los edificios emblemáticos de la vieja ciudad. Edificios elegantes de estilo francés. A la basílica no pudimos entrar porque estaban dando misa, así que dejamos la visita pendiente para la tarde. Es difícil apreciar la ciudad porque la nieve oculta gran parte, pero es posible también que la nieve le agregue cierta magia. Llegamos hasta el puerto. Ahí vimos todo congelado. Literal y metafóricamente. Todo parecía abandonado como restos de empanadas viejas en un freezer.

El puerto

Old Montreal

Old Montreal

Old Montreal

Un par de horas después el frío se había vuelto insoportable, así que optamos por sumergirnos en la Montreal Subterránea y conocer un poco más de lo que pasaba por ahí abajo. Nos dejamos llevar por el laberinto y descubrimos que la parte por la que habíamos circulado era bastante diferente. En efecto, estuvimos en zonas mucho más elegantes, quizá hasta lujosas. La ciudad subterránea (RESO) es enorme y diversa. Encontramos dentro hasta un fragmento del muro de Berlín expuesto como un monumento. Llegamos también a Gare Centrale, la estación de trenes que se encuentra casi el medio de la ciudad. Nos perdimos un poco pero al final le encontramos la vuelta.

Montreal Subterránea (RESO)


Montreal Subterránea (RESO)


Fragmento del Muro de Berĺín - Montreal Subterránea (RESO)

Montreal Subterránea (RESO)

A la tarde fuimos a la Basílica. Hacia un poco menos de frío por lo cual fue menos sufrido llegar. Igual ya no había sol y sabíamos que se venía una nueva nevada. Para ingresar a la basílica hay que pagar entrada, pero dejan sacar fotos e incluye una visita guiada en inglés.
Basílica de Notre Dame
El guía era simpático y buen orador, por lo que le entendíamos muy bien e hizo muy interesante su introducción en la que explicó la historia de la construcción de la basílica y su relacioń con Montreal. La iglesia es hermosa y vale la pena visitarla. Toda la iglesia se encuentra impecable. Fue construída en el siglo XIX y podríamos decir que es neogótica. Aunque la decoración interna parece más bien un estilo barroco medio recargadito.

Basílica de Notre Dame

Sin embargo, las figuras y los recovecos no tienen ese estilo angustiante y oscuro de la mayoría de las iglesias católicas donde el barroco español hizo estragos. Las luces y sombras de esta iglesia crean una atmósfera mística acogedora que evita esa angustia mortificante típica que da ganas de huir.

Basilica de Notre Dame
Basílica de Notre Dame

Tres aspectos son para destacar, primero el cielo raso de color azul con estrellas doradas, segundo un órgano majestuoso y finalmente, la capilla del Sagrado Corazón, con un mural impresionante y mucho más moderno. En este sector no estaban permitidas las fotografías porque estaba reservado para la oración.

Anochecer en Montreal
La última caminata por el Old Montreal fue rápida porque con la caída del sol, otra vez comenzó a nevar. Así que tuvimos que volver para refugiarnos en la ciudad subterránea y sobrevivir.

lunes, 2 de abril de 2018

Divulgación científica y puntaje perfecto

Montreal, 6 de enero


No saben el frío que hace. No paró de nevar en toda la noche. En la televisión cuentan que a causa del hielo chocaron dos aviones en el aeropuerto de Montreal. Por suerte no hubo heridos. Las noticias sobre la ola polar en EEUU llegan hasta Argentina. Ahí no pueden creerlo porque se están muriendo de calor. En fin, así están las cosas. Las calles totalmente blancas, 80 centímetros de nieve  y siguió cayendo toda la noche y todo el día. Es una nieve finita, seca, filosa. Es un frío que duele.


Llegada subterránea al parque Olimpico


Con esta escenografía, el plan fue meternos en los pasadizos cubiertos de Montreal para tomar el subte rumbo al Biodomo. El Biodomo es un complejo de museos de ciencias naturales armado sobre lo que fueron parte de las instalaciones para los juegos olímpicos de 1976. Los estadios son enormes e imponentes y aún hoy imagino lo modernos que habrán sido en su momento. Leímos por ahí que los costos fueron altísimos y que lo financiaron con impuestos a los cigarrillos que se continuaron pagando hasta el 2006.


Estadio Olímpico de Montreal

Hoy día, el biodomo es un zoológico bien ambientado y con cierta lógica educativa. Reproduce a pequeña escala ecosistemas que van desde la selva subtropical hasta el círculo polar. Desde pirañas y papagayos hasta perezosos, murciélagos y pingüinos. Todo parece muy orientado a los niños, de hecho, explotaba de niños pequeños.

Aves tropicales en el biodomo

Sin embargo, como suele suceder con estas cuestiones educativas, los niños pequeños se aburren con estas propuestas y dudo mucho que aprendan nada a excepción de aquellas familias demasiado nerds (sin ofender a nadie, somos bastante nerds nosotros también).

Pingüinos en el biodomo
Es cierto que los animales encerrados en el zoológico, por bien cuidados y ambientados que estén, dan un poco de tristeza. Pero la experiencia de verlos de cerca es increíble. Nos impresionó muy especialmente el lince canadiense, un felino hermoso al que vimos comerse un pollito (creo que vivo). Pude sacarle algunas fotos con zoom. El bicho se mantiene bastante lejos, nos ignora. No se acerca ni de casualidad.

Lince Canadiense
El segundo espectáculo al que fuimos dentro del complejo fue el planetario que, en rigor, se llama Río Tinto Alcan Planetarium. Vimos dos shows, los únicos que había en inglés. El primero era una película proyectada en 360 sobre el techo en semiesfera y trataba de la conquista del espacio. No era demasiado largo y derrochaba optimismo sobre el futuro de la exploración espacial. Nos llamó la atención que para ver el show, uno podía tirarse en unos puffs distribuidos en el suelo para mirar al techo. Genial.
El segundo show, un poco más conceptual, digamos, era sobre los exoplanetas. Ahí sí el formato era más tradicional. Primero comenzaba mostrando las constelaciones en el hemisferio norte, luego explicaba sobre estrellas y finalmente noticias sobre exoplanetas, revisando condiciones para la vida, franjas habitables… buscando responder a aquello de si estamos solos o no en el universo. El show era un poco largo, digamos que se notaba la influencia francesa en el ritmo narrativo. En mi opinión todo se podía contar a más velocidad y con menos vueltas… daba para pegarse una siesta.

Villa Olimpica de Montreal

De salida del biodomo, vimos un poco las instalaciones externas, pero el frío se hacía sentir sobre todo a medida que el sol empezaba a bajar. Entre los montículos de nieve vimos una especie de homenaje a la gimnasta Nadia Comaneci, que averiguamos luego que justamente fue, en las Olimpíadas de 1974 cuando con 14 años logró, por primera vez en la historia, un puntaje perfecto. Así que de vuelta al hotel, durante la noche, buscamos videos en You Tube sobre Comaneci para conocer de su hazaña.





Y ahora parece que paró de nevar. Quizá mañana, por fin, veamos algo de cielo azul.

lunes, 26 de febrero de 2018

El día después de mañana

El viaje de Quebec a Montreal parecía corto. Igual salimos temprano por consejo de la oficina de turismo. Hacía la tarde se venía una nueva tormenta de nieve y era mejor llegar temprano.
La ruta que conecta las dos ciudades es la 20. Tiene dos carriles ida y vuelta pero no es una mega autopista al estilo norteamericano. Eso sí, la máquina de nieve pasaba y despejaba haciéndola transitable. Si bien al salir se veía algo de cielo y parecía como que despejaba (lo cual nos dejó ver un poco de los suburbios con sus casas prolijitas y las carpas-garage para proteger a los autos de la nieve) pronto comenzó el viento blanco volviendo el viaje trabado y peligroso. En poco menos de 250 km habremos visto unos diez incidentes que detuvieron el tráfico. Autos atascados en las banquinas, algún choque y hasta un camión volcado. Había muchos camiones de carga en las rutas, además.  El escenario pintaba dramático. Esta ola de frío ártico nos recuerda escenas de la película “El día después de mañana”. Hacemos chistes sobre el tema para reirnos del miedo que tenemos.

Camiones indicadores de accidentes en la ruta

Y así fueron las condiciones con las llegamos a Montreal: bajo una capa de niebla blanca que apenas si te dejaba adivinar de qué se trataba. Nos instalamos en el Holliday Inn al que llegamos siguiendo al GPS que resultó estar en el barrio chino. En fin, hay barrios chinos en todas partes y son todos iguales. A mi no me hizo ninguna gracia, hubiera preferido algo más afrancesado, pero con tanta nieve daba lo mismo que fuera el barrio chino o marciano.
En el baño del hotel hay un cartel curioso que dice explícitamente que no se pude fumar NADA. Tampoco marihuana.


Advertencia en el baño del Holliday Inn

Nos parece divertido aunque luego vimos que se fumaba demasiado porro por todos lados y que la ciudad tiene un problema grave con el consumo, en general. Como que es algo que se fue de las manos o algo así.
Mapa esquemático de Montreal Subterránea (RES)
Dado el frío extremo, optamos por aprovechar lo que quedaba del resto del día para caminar por la Montreal subterránea (RES). En realidad, la famosa Montreal Subterrána no es otra cosa que galerías, shoppings, patios de comida y subterráneos conectados.


Fuente en Des Jardines - Montreal Subterránea

Sin dudas una solución para una ciudad en la cual los espacios públicos al aire libre deben poder usarse poco tiempo al año. Realmente uno puede imaginarse aquí como sería una ciudad en la Antártida.
Montreal Subterránea - Complejo Des Jardines
Nos dijeron que este frío no es frecuente en enero por aquí, pero si en febrero. Como sea, la inversión en estos espacios públicos cubiertos debe ser necesaria.

Montreal Subterránea - Zona de teatros
Es un poco loco lo que voy a decir pero estos espacios cerrados se parecen a una Las Vegas modesta. Sobre todo en la zona de los cines y teatros. No son espacios lujosos, en general, y aunque se ve limpio, no llega a impecable. Eso sí, al caer la noche y al aproximarse la hora de cierre, se ven algunas escenas turbias, paso a describir dos:


  • Una mujer con rasgos esquimales angloparlante sentada en el inodoro le grita a dos policias (un hombre y una mujer) que la respeten. Ambos polícias, con buenos modales, le dicen quee stá borracha y que debe salir de ahí. Todos miran.
  • Un hombre tirado en el piso, rodeado de latas de cerveza, habla en voz alta, nos dice algo, no sé si a nosotros, no sé si a todos… parece que habla en inglés… no entendemos bien qué dice.

Salimos al exterior para entrar en el hotel. Solo hay que cruzar la calle. Pero la nieve se acumula en montículos, el viento pega cuhillazos. Está complicado.
Montreal Subterránea - Conexiones

PD: Leyendo wikipedia me enteré de que el térmimo “esquimal” se considera despectivo en Canadá. No así en EEUU. En efecto, algunos días después me la pasé viendo documentales de nortemaricanos de "esquimales" en Alaska donde el término se usa relajadamente (hasta orgullosamente, diría). Pero parece que en Canadá lo políticamente correcto es utilizar el nombre original del pueblo, por ejemplo, "Inuit". Por las dudas aclaro que no tengo ningún prejuicio con los esquimales y que los mencionaré así siguiendo el estilo norteamericano.

domingo, 25 de febrero de 2018

Donde los franceses son los buenos y los ingleses no tanto

Quebec, 4 de enero


Cuando me hablaron de la Citadela de Quebec, me había imaginado otra cosa. La Citadela es un fuerte que bajo la nieve es un poco difícil de apreciar. En los mapas aparece como una estructura amurallada, de hecho es una fortaleza militar. Recorrer la Citadella con 20 centímetros de nieve es un poco imaginar lo que hay debajo, atravesar el espacio luchando contra el viento de un refugio a otro. Bueno, quizá sea una experiencia más real. La visita turística es agradable, de todas formas, porque el tour es obligatorio y el guía, en un inglés accesible, le pone sentido del humor a la historia de la Citadella y sus usos como fortaleza y prisión en el marco de la historia canadiense (de la que nosotros sabemos casi nada).

Ingreso a La Citadela
Ahi nos enteramos de cómo Canadá fue un territorio disputado por ingleses y franceses, donde las sutilezas ideológicas se nos pasan un poco en el relato local que sospechamos pro francés (es Quebec, obvio). La visita termina con la participación candiense en la Primera Guerra y el reconocimiento de Francia por su ayuda. Comparado con los museos militares que hemos visto en otras partes el tributo es, realmente, muy light.


Vista helada desde La Citadela

Al finalizar la visita la mañana se había vuelto relativamente benigna. Se hizo medio día. Entonces volvimos para la zona de Old Quebec y elegimos un lugar elegante para deleitarnos con un buen almuerzo (en un restaurante que nos habían recomendado) mientras veíamos como la nieve empezaba a volverse más densa. Comimos rico, pero sin exagerar. Creo que lo mejor fue el postre.


Mousse con frutos rojos

Al final, la ola ártica complicó el paseo otra vez, por lo que optamos por meternos en otro museo, bajo techo. Elegimos el museo “De la América Francófana”. Al museo se ingresa a través de una capilla construída en 1750 pero que actualmente es un espacio secular utilizado como escenario para conciertos y otros eventos. Las muestras continuan atravesando un patio central hacia un segundo edificio.

Patio central del Museo de la América Francófana

Es una muestra basada en instalaciones, un poco artísticas, un poco didácticas. La idea general es contar la influencia francesa en al cultura canadiense. Como punto débil, podría decirse que, en comparación con los museos de EEUU, es todo poco accesible. Nada tiene close caption lo que dificulta entender al 100% inglés o francés. Además algunos videos tenían los audios de traducción al inglés desfasados, lo cual hacía tedioso entender y te hacía perder el interés. Al final salías del museo bastante confundido. Lo único que te quedaba claro es que los franceses eran re buenos y los ingleses no tanto. O algo así.

De regreso hacia el hotel

Cuando salimos, la nieve ya era cosa seria. Así que atravesamos las calles del Old Quebec como pudimos. Premiamos nuestro esfuerzo en una chocolatería. La fondeau de frutas que comimos era 100% pornfood. Y habiendo recuperado las energías, volvimos por la puerta de St. James donde vimos familias patinando sobre hielo con una naturalidad que  nos dejó pasmados. Parecería que aquí los chicos aprenden a patinar casi al mismo tiempo que a caminar. No es de extrañar que el hockey sobre hielo sea tan popular en este país de esquimales.

miércoles, 31 de enero de 2018

Caminata por Quebec

Quebec, 3 de enero

Quebec nos hizo acordar a Edimburgo. Bueno, una Edimburgo afrancesada y americana. Una Edimburgo diferente, pero con algo de piedra y muralla, algo de cementerios cinematográficos, algo de celta, algo de pasadizo oscuro, bastante anglofobia y, además, la nieve. A esta altura podríamos decir que somos expertos en nieve y la que vimos hoy aquí es una nieve de alta calidad. Nieve esponjosa, seca, que cae lenta, sin viento, como en un gif. Y se acumula en cantidades siderales, de a montones. Y no llega a derretirse, se compacta con las pisadas y sigue allí, esperando una nueva capa que sigue cayendo sin prisa y sin pausa.

Es que estamos en medio de una ola polar. Lo que significa que por la mañana teníamos unos 25 grados bajo cero, al punto que ni nevaba. Así que nos pusimos varias capas de ropa para salir a pasear. El primer golpe de frío fue una trompada pero luego, uno se va acostumbrando. El truco es meterse de vez en cuando en alguna tienda, café o iglesia para recuperarse un poco y luego seguir la caminata. Por sugerencia del concerje, bajamos (literamente, el hotel está un poco más alto) hasta la calle Saint Jean, que es bastante comercial y de alli, llegamos hasta la puerta homónima y accedimos al barrio histórico. Claro, Quebec, como les decía, es una ciudad amurallada.

St. Jean, Quebec





Caminamos entonces hasta doblar en Cote de la Fabrique y ahí nos metimos en un café cuando vimos la marca Illy. El que atendía resultó ser un argentino de la Paternal hincha de Boca que emigró en el 2001. No hay manera de ir a algún lugar del mundo y no encontrarse con argentinos. Obviamente el hombre nos empezó a dar charla muy interesado por saber si había muchos café Illy en Buenos Aires. Nos contó que la vida en Quebec era muy tranquila por ser una ciudad chica, que no era lo mismo en otras ciudades de Canadá.

Después entramos en la Catedral de Notre Dame de Quebec. Diría que es de un estilo barroco francés (sin llegar a rococó) muy cuidado y matenido... con mucho dorado y mucha luz electrica. Uno no está acostumbrado a las iglesias verdaderamente iluminadas y este era el caso. Tan iluminada estaba que estuve a punto de dudar si era una iglesia católica.



Notre Dame de Quebec


Luego seguimos camino cuesta abajo, hacia el río. Es un area muy turística (todvía con decoración navideña) llena de tiendas con cositas lindas para comprar, algunas bastante elegantes. Las tiendas tienen un estilo colonial francés, podría decirse.




Tiendas en el barrio colonial de Quebec

Al llegar al río San Lorenzo vimos, mudos de asombro, como los bloques de hielo se movían lentamente sobre el agua semicongelada. Caminar por ahí implicaba sumergir las piernas en la nieve hasta la rodilla mientras mirabas una marea de tempanos fragmentados. Daba más frío solo de mirar semejante espectáculo.

Rio San Lorenzo coleglado

De ahi fuimos para el Museo de la Civilización. El museo es interesante, moderno e interactivo. La muestra da mucho espacio a los pueblos indígenas de Canadá como el Inuit (y otros, el Inuit era el único que conocía) y, creo, planeta una versión de la historia afrancesada. Digo, creo, porque hicimos una visita light sin sumergirnos demasiado en las explicaciones históricas de los variados objetos expuestos. Pasamos ahí un par de horas y encontramos cosas interesantes, como una explicación de las constelaciones del hemisferio norte pensada para niños.

Museo de la Civilización, Quebec

Almorzamos a la salida. La comida de Quebec es de lo mejor. Muy recomendable la sopa de cebollas y otras sopas en general. Tomamos también un vino caliente con canela que estaba buenísimo.

Casco histórico, Quebec

De regreso subimos por el funicular, que sale 3 dolares canadienses (que es un poquito menos que 3 dolares americanos) y te lleva otra vez hacia la parte alta de la ciudad. Es un caminito corto, parece caro para tan poco, pero queríamos probar.

Mirador, Quebec

Al final, caminamos un poco más por los alrededores de hotel. Pero a eso de las cinco de la tarde la noche empezaba a cerrarse… y como que todo te invita a acobacharte… y eso hicimos.

viernes, 26 de enero de 2018

American visa don't care here

Quebec, 2 de enero

Nos habíamos quedado con las ganas de ver el faro landkmark de Portland que ayer confundimos con el Bug Light, un poco más al norte, pero bastante cerca. El Portland Head Lighthouse parece irreal. Clavado en el medio de la roca, rodeado de un mar previsible, brumoso y agitado levemente era una postal en 3D. Más Turner que Turner. Una instalación de luz y color. Imaginamos la escena en verano rodeada de jardines. Nosotros solo encontramos nieve y hielo pero igualmente era encantador. De hecho, no éramos los únicos sufriendo con los dedos congelados para sacar un par de fotos. Pegaba el sol de la mañana, era un buen momento fotográfico.


Faro de Portland

Estuvimos un ratito y nos fuimos, el plan era llegar a Canadá relativamente temprano y teníamos por delante un viaje de unas cinco horas.
Nos rendimos a la dictadura del gps, por lo que tomamos la 95 en sentido norte (Maine Turkpike). En un punto, nos mandó por la 202, lo que nos llevó a ver pequeños pueblos casi sumergidos en la nieve, con sus casitas tipicas estilo Nueva Inglaterra adornadas con luces de colores, sus cementerios con símbolos másónicos y sus tiendas sobre la ruta. El último que recuerdo, antes de la frontera era Jackman que, según anunciaba en un cartel, apenas si llegaba a los 800 habitantes. Almorzamos en el mercado de una estación de servicio.
Llegando a Canadá

Al toque, cruzamos la frontera.
—There are two pasports because de American visa is in the first — le dijo Adrián al oficial canadiense que no había preguntado nada
—American visa don't care here — nos dijo con una sonrisa y todos nos reimos.

Frontera Canadá-EEUU

Miró los documentos en una mileśima de segundo, nos preguntó a donde ibamos, cuanto nos quedábamos… y pasamos.
En Canadá

Ya en territorio canadiense nos llamó la atención que no vimos muchas banderas de Canadá, ninguna, en realidad. La bandera de Quebec, por el contrario, con su flor de lis, está en todas partes. Nos pusimos entonces al tanto de los ánimos independencistas de Quebec como comunidad francófona. Por cierto, lo francés se nota de entrada. Las casiltas de los pueblos que fuimos viendo por el camino, si bien muy probablemente sean de los mismos materiales que sus homologas en Nueva Inglaterra, los detalles de decoración son claramente franceses. Ni hablar de los arbustos cortados con formas geométicas… imposible imaginar algo así del lado norteamericano. Todo está en francés y en sistema métrico. La frontera cultural es tal como parece. Igual, todos hablan inglés, aunque es un inglés que suena medio raro.

Canadá, en camino a Quebec

El camino se iba poniendo cada vez más helado a medida que el sol empezaba a bajar. La ola polar está batiendo records y esto anda por los 20 grados bajo cero. Nos llamó la atención el río San Lorenzo congelado. Creo que después de conocer Quebec bajo la ola ártica ya no necesito conocer la Antártida.
El rio San Lorenzo totalmente congelado. Quebec
Ola Polar en Quebec
Para cuando terminamos el check in en el hotel, ya era noche cerrada. Calculo que no serían más de las cinco y media. El hotel está en pleno casco histórico y parece tener una vista espectácular.

Por la ventana ven techos bajos. Casí podríamos decir que nuestro hotel, una mole de cemento modernosa es uno de los edificios más alto. Y tampoco tanto. Estamos en un piso seis y sobran los dedos de una mano para contar las torres que podemos ver. También se puede ver el antiguo cementerio de St. Mattew, hoy un parque donde las lápidas asoman entre los montículos de nieve.
Cementerio de St. Mattew bajo la nieve
Ahora hace mucho frío y ya es noche cerrada. Esta noche estudiaremos las atracciones y veremos cómo se ve Quebec a la luz del sol.

jueves, 25 de enero de 2018

Lobster hasta en el desayuno

Portland, 1 de enero de 1918


La última noche del 2017 fue sin brindis. Las dos horas de diferencia nos cayeron pesadas así que vía Whatsapp saludamos a la familia y dimos oficialmente comenzado el año nuevo. Habíamos ido a comer al restaurante del hotel temprano, tipo siete al estilo americano, lo que estaba bastante lejos de una cena de año nuevo. Las mozas tenían guirnaldas decorativas como collares, pero más que eso no había muchos indicios de festividad a excepción de una mesa vecina donde tres señoras añosas presuntamente pasadas de copas tenían coronitas de fantasía sobre sus cabezas teñidas de rubio claro. Cuando nos despertamos ya había amanecido.

Portland

Desde el piso diez en el que estamos podían verse los techos nevados aunque hace varios días que dejó de nevar. La ola polar que se instaló la semana pasada mantuvo la nieve inicial con esa apariencia traicionera: parece nieve fresca pero está dura y al pisarla se quiebra como un vidrio.

Desayunamos en el restaurante del hotel, lo que resultó complicado porque no había desayuno continental. Las opciones eran de lo más extravagantes… una de ellas era ¡lobster! Es que el lobster es típico de Maine. Pero, obviamente nos inclinamos por cosas más normales como yogurt con granola y hot cakes.
Bug Light, Portland


Salir no fue fácil. Hacía tanto frío que unos minutos sin guantes y empezabas a dejar de sentir los dedos. Literal ¿eh? No, no es una exageración. Así que nos metimos dentro del auto emponchadísimos a recorrer un poco la ciudad desierta como era de esperar un primero de enero invernal. El cielo estaba totalmente despejado lo que nos permitió recorrer las calles del centro entre montículos de nieve apilada. Todo muy nueva inglaterra, todo muy costero. Visitamos el Bug Light, un pequeño faro en el sur mientras pasabamos por zonas donde el agua se veía completamente congelada.
Por la tarde fuimos en auto una hora hacia el sur, más precisamente a Kittery. Allí hicimos algunas compras (me juraron que sería el único día dedicado a hacer shopping) hasta que comenzó a anochecer a eso de las cuatro y media. A las cinco vimos una superluna en el horizonte mientras empezábamos a volver. Era tan grande la luna que vimos al paso que no parecía real. Entonces, discutimos si era la luna o un cartel luminoso. Gané la apuesta, por su puesto.
Puesta del sol en Kittery, Maine
Cuando llegamos al hotel, pedimos room service para cenar: wrap de vegetales, pizza, fish and chips. Fue una idea excelente.