miércoles, 24 de enero de 2024

La excursión más loca del caribe

 24 de enero, Cartagena


Empezamos el día, por primera vez, con despertador ya que habíamos contratado la excursión full a las islas del Rosario y nos pasaban a buscar a las 7 y algo por lo que queríamos desayunar tranquilos antes de salir ya que el día sería intenso.

Pintaba como una de esas excursiones típicas que odiamos un poco y que siempre juramos no hacer pero en las que terminamos reincidiendo. Un poco porque pensamos que era la única forma de hacer snorkel y otra porque te la saben vender bien. El resultado fue por momentos hermoso, en otros bizarro y medio WTF… pero, en resumen, nos divertimos realmente.

Después de que nos recogieran en taxi y nos llevaran al bus, nos rejuntaron en la ciudad amurallada y mientras esperábamos en una marea de gente nos organizaron para subir a la lancha mientras padecíamos el asedio de los vendedores. Adrián término comprando un repelente que no necesitábamos simplemente porque se lo vendieron…hay más mosquitos en nuestro balcón en Buenos Aires que todos los que podríamos haber visto en las islas.


Embarcamos en la lancha con la música a todo lo que da y sobre el mar azul más hermoso pero un poco picado llegamos a la Isla Grande donde se ven las ruinas de la mansión de Pablo Escobar. El guía no da muchas explicaciones, todo es muy en joda, todo relajado y paff nos tiran al agua y nadamos y miramos para abajo con las antiparras y vemos el avión en el fondo. Es alucinante. Y sobre todo es alucinante que mientras estas en eso aparecen vendedores en canoas persiguiéndote como en tierra. Te venden zapatos para el agua, protectores para celulares, pulseras. Me pregunto si alguien compra en medio del agua a tres o cuatro metros de profundidad alguna vez. Volvemos para la lancha y ahora nos llevan un poco más lejos. Y otra vez, paff, al agua y ahí sí… ves los arrecifes de coral, los peces… no vamos muy profundo, lo cual para mi es genial porque yo no puedo sumergirme.

Pero no es necesario, está todo re visible, aunque más abajo y es hermoso. No me anime a sacar el celular, por más que nos habían vendido protectores para el agua. Adrian sí lo hizo pero igual filmar sumergidos era complicado.El touch fallaba y además con el movimiento y la preocupación de no perder el celu el resultado finalmente sería inviable. Yo decidí relajarme y disfrutarlo. Les debo las fotos.

De ahí nos llevaron a Cocomo, un lugar en la Isla Grande que, al ser privado, nos liberaba de los vendedores. El almuerzo fue razonable y bastante agradable. Nos quedamos descansando un poco (no mucho) y, a continuación, nos llevaron a para un destino muy bizarro. La Isla Cholom, donde supuestamente había fiesta. En realidad lo que hay es una banda de mesas en el agua, donde te sirven tragos muy caros. La gente come ostras, langostinos… muchos tragos caros (el más caro se llama Pablo Escobar) y te venden cosas (artesanías, comida, artículos de playa, paseos en motos de agua, fumar con narguile) y no me acuerdo cuantas cosas más… es todo muy incómodo, sumergidos hasta pasada la cintura y haciendo malabares para que la mochila no se inunde… tanto que tenés que elegir entre amargarte o reirte. Optamos por la última opción ya que no podíamos creer del todo en lo que nos habíamos metido. No nos quedó muy claro que tenía de divertido comer en esas condiciones pero la escena era tan ridícula que quedó como la gran anécdota del viaje. Tomamos unos jugos de coco carísimos y escuchamos conversaciones ajenas. También vimos cómo un grupo de mexicanos se rajaba sin pagar y los corrieron hasta la lancha y como una mujer salió eyectada de la moto de agua en una situación que podría haber sido una desgracia pero no pasó de blooper.

Finalmente emprendimos camino a la Isla de Barú. Algunos compañeros de viaje estaban bastante entonados por la ingesta previa de alcohol y se dejaban llevar por la música a todo volumen. Como había bastante viento y la lancha iba rápido pegábamos unos cuantos saltos al ritmo de Da-me-más-gasoliiii-na-dale-más-gasoliiii-na… parecía un ride de Disney pero de verdad. La llegada a la isla de Baru no fue lo que esperaba en el sentido que la cantidad de gente y lo apretado de la playa no estaba en mis planes. Después que fui asimilando la idea pude caminar un poco y entender que se trata de una playa pública que no tiene nada que ver con la idea mental de playa a la argentina que uno tiene tan en la cabeza. Los balnearios de madera son precarios y están apiñados uno encima del otro casi sobre el agua. Evidentemente aquí no hay amplitud de marea porque sino todos terminarían bajo el agua. En los pisos superiores, algunas de esas construcciones ofrecen algo así como servicios de dormis, entiendo que se puede pasar el día o la noche. Hay mucha gente en las primeras horas de la tarde y hace mucho calor. El agua, transparente como es de esperar, no llega a ser fresca y aunque te metas, sigue siendo caluroso.

A medida que el sol empieza a caer me amigo con la playa y salgo a caminar en ambas direcciones. Adrian se queda descansando porque quedo medio insolado. Yo me baño en bloqueador porque el calor sigue asustando. En la caminata descubro con felicidad los corales, la arena suave, el color perfecto del agua… el sol se pone rojo y los vendedores se vuelven un ruido ignorable. 

Después de la puesta del sol, a eso de las 18:30, empezó la última parte de la excursión que consistía en observar el plancton luminoso. En otra lancha más chica y, esta vez, a oscuras, salimos camino a un sector donde el plancton luminoso queda como encerrado y puede verse al agitar el agua. No teníamos mucha expectativa con esto porque como era luna llena era poco visible, supuestamente. Terminamos lanzándonos al agua para agitarnos y ver el efecto. Es algo asombroso, quizá no lo vimos en su máximo esplendor pero fue suficiente para maravillarnos.

De regreso en la lancha, en medio de la noche, nos llevaron al un puerto donde medio a oscuras donde nos organizamos para volver. Era un quilombo. Cansados, mojados, 80% insolados y confundidos con tantas experiencias en un solo día, nos metieron adentro del micro donde me puse al día con el celular. Resulta que se nos habían desconectado los datos y nuestros hijos estaban enloquecidos pidiendo explicaciones. Tardamos como una hora más al hotel. Y todavía media hora más, tardé yo, en desenredarme el pelo bajo la ducha. Alta maraña de sal, plancton, arena de coral y bloqueador solar. No se ni como tengo fuerzas para escribir este diario…


martes, 23 de enero de 2024

El viaje que no habíamos podido ver

 23 de enero, Cartagena

Estoy tan cansada que no tengo fuerzas para escribir. Quizá sea el madrugon, quiza el calor. Pero no doy mas. Hoy salimos re temprano de Santa Marta. El viaje fue tranquilo y pudimos ver todo lo que no habíamos visto a la ida: el mar, la vegetación, los pájaros.


El tráfico es igual de demente, pero a la luz del sol da menos miedo o, a lo mejor, nos fuimos acostumbrando. Nos llevó unas cuatro horas llegar y eso que casi no paramos. En Barranquilla había una estatua gigante de Shakira al lado del mar.


Saqué la foto desde el auto porque era enorme y me pareció que la perspectiva sería mejor. Una hora antes de llegar tuvimos que desviarnos del camino previsto porque había una protesta.  Un “bloqueo”, informó el policía, o sea, un piquete. Averiguamos después que hubo un accidente mortal en una escuela con una antena y, al parecer, aun no se resolvió el problema de todo. El camino alternativo era más precario y estaba, por momentos, bastante atascado hacia que regresamos a la ruta principal.



Cartagena es una ciudad turística mirando al mar Caribe. Nuestro hotel está como en una península y es una torre alta. Desde nuestra habitación puede verse la puesta del sol que es hermosa. Antes de que cayera la tarde fuimos a caminar por la ciudad histórica medio rapidito como para echar un vistazo. Es hermosa y, en parte, nos recordó al French Quarter de New Orleans. Picoteamos cosas que compramos por la calle: mangos con sal y limon, limonada, jugo de coco…

Caminamos bastante y volvimos para cenar en el hotel, lo más liviano que pudimos. Estamos destruidos.


lunes, 22 de enero de 2024

Chocolate, cafe y un tucán

Santa Marta, 22 de enero

La ventana de la habitación del hotel es enorme por lo que a la salida del

sol nos volvió a despertar un rato antes del amanecer.

Me niego rotundamente a usar el black out así que

no hay chance de seguir durmiendo.

Es la razón para empezar el día temprano, ir a desayunar y arrancar.

Hoy planificamos una visita a Minca. Hay varias cosas lindas para

hacer por acá, pero no queremos enloquecer, así que optamos por esta

alternativa que promete selva, café y chocolate.

Nada mal para un solo día.

Contratamos un taxi para subir hasta Minca. Son solo 14 km y podríamos

haber ido en auto.

Pero manejar acá es estresante así que pareció mejor plan.

Llegamos a la ciudad con un taxista amable, y compartimos el viaje con

dos chicos mendocinos que andaban recorriendo

Colombia hacía como un mes. Allá arriba nos recibió un guía venezolano

que dijo ser biólogo.

Nos unimos  a un grupo con varios extranjeros entre canadienses, chilenos,

yanquis y holandeses… así que la excursión pintó bilingüe.

La caminata empezó fácil entre bosques de bambú, aunque de a ratos

se complicaba más que nada porque mis zapatillas están muy gastadas…

pero mientras no fuera cuesta abajo, la cosa iba bastante bien.

La primera parada fue sobre el café donde vimos un emprendimiento

orgánico y nos explicaron cómo es que se produce, la diferencia entre

torrado y tostado…

y además vimos un par de tucanes muy fotogénicos.

Después seguimos hacia una cascada muy frondosa que de no ser porque

estaba muy mal equipada no me tiré bajo los chorros.

Igualmente estuvo bueno meterme descalza

y sentir la tierra húmeda en la planta de los pies.

El regreso a la base fue rápido y el único peligro fue evitar a las

motos locas que cruzan todo el tiempo la selva.

Llegando a la base volvimos a subir pero en otra dirección.

Ahí, además de las vistas maravillosas de la ciudad, disfrutamos de

la charla con algunos compañeros de ruta que,

como suele ser siempre, es gente muy viajada

que tiene cosas originales para contar.

El camino terminó en un restaurante con vista panorámica donde comimos

un menú tradicional de arroz, pollo y plátano.

Un músico acompañaba el almuerzo mientras recuperabamos energías.

Luego tuvimos una charla sobre la fauna local, desde las ranas

más venenosas del mundo hasta delfines y pirañas.

Para finalizar, una explicación sobre cómo el cacao se transforma

en chocolate, con un taller participativo, lo que fue la experiencia

más interesante que nunca tuve en un tour guiado

en toda mi vida como turista… 

Asi que estuvo buenisimo. Después empezamos a bajar y otro taxista nos

llevó de regreso a Santa Marta.

Llegamos cansados pero con una colección potente de recuerdos.



domingo, 21 de enero de 2024

Trafico loco

 Santa Marta, 21 de enero


La llegada a Cartagena fue atravesada. Más allá de los 30 grados que nos dieron un sopapo al bajar del avión, el proceso de retirar el auto de alquiler fue tedioso. Entramos en un local al fondo del aeropuerto y la chica que nos atendió si bien era recontra amable, era como que funcionaba en otra frecuencia. Nunca entendí bien qué problema había con el software para validar la reserva pero el tema fue que estuvimos esperando por el auto dos horas reloj. Una familia de indios/paquistaníes musulmanes que vivían en New York que habían llegado al rato para retirar un auto no podían creer la demora… por suerte nos dieron charla y la espera se me hizo más llevadera. Nos contaron qué idiomas hablaban, que en India el traffic era crazy, cuanto hijos tenían, que visitemos el Taj Mahal… mientras nos hacían muchas preguntas sobre latinoamérica y Colombia, muchas cosas de las cuales no teníamos la menor idea. Finalmente cuando el auto estuvo listo nos despedimos alegremente… pero para nosotros empezaba la parte complicada del viaje ya que se habían hecho las 16 y teníamos cuatro horas de viaje a Santa Marta.

A mi no me cerraba para nada por qué Google pronosticaba 4 horas de viaje para unos 200 kilómetros, luego vimos las ridículas velocidades máximas de una ruta más que aceptable y bien marcada… con muchos peajes, también. La chica del rental nos advirtió que tengamos cuidado con las fotomultas… las cámaras estaban reportadas en Waze así que eso nos serviría como referencia. Había tramos donde se podía ir a velocidad normal, pero la mayor parte del camino era medio imposible. La gente maneja de manera extravagante, mucho peor que en Argentina lo cual ya es bastante decir.


Frenadas de golpe y sin aviso, autos sin luces o camiones multicolores pasándose temerariamente, motos locas, peatones, carritos… un lío que en algunos tramos no tenía nada de gracioso. Con todo eso, fueron más de 4 horas para unos miserables doscientos kilómetros.

Llegamos de noche y destruídos. No vimos nada del paisaje. Compramos unos chips de plátano, unas cervezas y nos tiramos a dormir.

***

Esta mañana me despertó el sol en la ventana que sale por detrás de las montañas. Nos levantamos temprano y descansados. El desayuno del hotel está muy bueno. Con la energía recargada salimos a caminar por la ciudad bien temprano porque el calor es de temer acá. Bajamos a ver el mar y aunque apenas eran las 9 de la mañana ya había gente en el agua.


Es domingo, suponemos que eso tiene algo que ver. Caminamos por una suerte de puerto o muelle donde hay lanchas, barquitos, yates… y después nos metimos en las callecitas, los puestitos callejeros… todo es muy pintoresco, la gente es amable y divertida.

También recorrimos las iglesias, que estaban de misa de domingo. Vimos que en la Catedral había sido enterrado Bolivar, ya que murió en esta ciudad, pero luego se lo llevaron para Venezuela. Paseamos por el parque de los novios y compramos algunas cosas como unos sombreros indispensables. 

Al atardecer nos instalamos en la terraza del hotel para ver la puesta del sol que es un espectáculo increíble. Descansamos un poco. Al fin de cuentas se supone que son vacaciones.






sábado, 20 de enero de 2024

Perdidos en Nueva York


en Jet Blue volando a Colombia, 20 de enero


El último día de esquí fue hermoso. Había un poquito de sol y la nieve estaba perfecta. Fresca pero pisada. No andaban algunas aerosillas pero nos arreglamos empezando desde Ramshed y fue un gran plan.


Almorzamos en el lodge cheto de Killington Peak y fue un lujo. Me caí una vez en Chute, un poco por agrandarme. Hicimos un par de pistas negras, porque con semejante nieve te animas a cualquier cosa.


A la noche nos guardamos. Nos concentramos en armar las valijas porque teníamos todo hecho un quilombo. Después empezó a nevar y medio que me desvele porque me preocupaba que se acumule nieve… ¡y con este auto!. Medio alambrados vimos por la mañana que estaba todo cubierto asi que esperamos un poco más de la hora planeada para que pasara Mr. barredora, como llamamos cariñosamente a esas máquinas que limpian el camino y tiran sal hasta hacerlos posibles. Fuera del plan original, nos tomamos tiempo para un desayuno rápido y un par de mates. Rumbeamos para Rutland camino a New York. El viaje fue todo dentro de lo esperado, ya cerca de New York empezó a nevar un poco pero nada serio, por suerte. El hotel que habíamos reservado estaba casi al lado del JFK, así nos ahorrabamos la locura de tener tremendo madrugón para el vuelo a Colombia. En ese sentido fue negocio.

Pero el dia nos tenía reservada otra aventura no planificada: una escapada que pretendimos hacer a Manhattan para hacer una compra en el Apple Store de Central Park que se terminó complicando. Entre la nieve y el frío… y el taxi que tomamos para llegar a Jamaica Station, me puse de bastante mal humor cuando nos agarramos un congestionamiento típico newyorquino. Una vez en el subte, media hora de viaje, esperar en el store y correr hasta Time Square nomas para ver si las luces siguen ahí: si, ahí sigue todo, los monstruitos del tren de la alegría, los carritos de comida y los turistas sacándose selfies como si estuvieran en Manhattan.



Ya eran las cuatro y entre la nevada y la oscuridad no había otra chance que volver así que nos metimos en el subte con el plan de viaje más directo a Queens que nos marcaba Google. El tren estaba bastante lleno de gente volviendo de sus trabajos. Era un vagón bastante sucio y decadente. En una estación subió un hombre negro, flaquito, con cada de homeless y unas zapatillas hechas mierda. Se movía raro, parecía que bailaba o que se estaba haciendo pis.. o que le dolía algo. Ponía caras neuro divergentes ante la indiferencia de todos. Me angustió verlo bajarse y asomarse al andén. Mientras el tren arrancó me dio miedo de que se tirara a las vías. Finalmente, unas tres estaciones antes de lo que según entendíamos era nuestro destino, notamos que las estaciones tenían otro nombre. Adrián pensó a lo argento: deben ser calles a las que le cambiaron el nombre. Pero cuando vi por la ventanilla, en medio de la oscuridad, que estábamos cruzando aguas confirmamos mi sospecha intuitiva: nos habíamos equivocado de ramal. Así que tuvimos que bajar y tomar el tren para el otro lado, esperar la otra combinación y volver. Hacía frío y ya estaba muy oscuro… pero por suerte los trenes llegaban tal como se anunciaba en el schedule electrónico. Cuando finalmente enganchamos el tren correcto (de paso, digamos que este era como más limpio y moderno que el del otro ramal) llegamos a destino. Para completarla, quisimos hacer como si fuéramos locales y tomamos un colectivo que supuestamente nos dejaría en el estacionamiento del hotel. Pero siguiendo el gps a mitad de camino vimos que se alejaba del recorrido. Caminar ya no era una opción, asi que despues de unas tres paradas nos bajamos y nos pedimos un Uber. Fin de la aventura neoyorquina.

Ahora estamos en vuelo a Colombia. Tomamos una low cost que, hasta ahora es mucho mejor que Aerolineas. Pudimos comprar el almuerzo a bordo a un precio más que razonable. Viajamos cómodos. El avión está muy limpio… igual que el baño. Tiene internet gratis y hasta nos vimos una pelicula sobre Blackberry que teníamos en la mira. Sin quejas por el momento. Veremos cómo nos sorprende el calor. Por nuestra parte, será la primera vez en Colombia.


miércoles, 17 de enero de 2024

Cuando la 4x4 no es lujo

 Killington, 14 de enero de 2024


La mañana pintó muy distinta, nubes y sol con agujeritos modestos de cielo azul. Desayunamos piponamente y nos preparamos para salir. Como hoy ya nos íbamos para Killington pero el viaje sería breve, nos reservamos para recorrer un poco las calles de Burlington. Y eso hicimos. Al ser domingo, estacionar no fue problema así que dejamos el auto cerca de la calle comercial provincial (Church St) y caminamos por la peatonal que estaba desolada. Las tiendas estaban cerradas y, obviamente, apagadas las luces de la deco navideña. Las calle es de adoquines tipo ladrillos alternando con esas piezas estilo memorial con nombres de personas o dedicatorias. No es la primera vez que vemos esas cosas en EEUU. Hay unas cuantas iglesias además de la de la calle principal, seguramente no son todas exactamente del mismo credo pero para nosotros es difícil distinguirlas.



Algunas tienen la bandera del orgullo gay… me pregunto si las que no lo tienen están dando también un mensaje en sentido contrario, como que la diversidad no sería el default. La religión parece una cosa importante por estos lugares, si no no se explica la cantidad de iglesias. Debe haber bastante competencia.

También hay edificios masónicos explícitos así como tiendas de cannabis muy comerciales. La arquitectura es hermosa, tiene todo cierto aspecto irreal. Sobre todo a medida que te vas alejando. Algunas casas son imponentes, otras mucho más modestas pero siempre literarias. Obvio, no faltan algunas medio maltrechas, con pinta de embrujadas.

El camino a Killington es suave. Empezó a caer una nieve tenue primero y después se fue haciendo importante. Antes de llegar paramos en una gomería muy elegante para el estándar argentino. Uno de los neumáticos del auto se nos desinflaba y, efectivamente, tenía una pequeña pinchadura. Menos mal que lo arreglamos. Hicimos algunas compras y finalmente llegamos al centro de esquí con un panorama muy nevado. Se siente lindo llegar. Killington es uno de nuestros lugares en el mundo. Vamos a quedarnos acá cuatro días. 



Killington, 17 de enero


Después de tantas temporadas estamos llegando al consenso de que cuatro días de esquí es una buena medida para unas vacaciones combinadas con otros destinos. Nos gusta mucho la nieve y el esquí, claro. 

Acá un poco a destiempo comparto un video hermoso que grabe bajando por Great Eastern, definitivamente mi pista preferida. El video tiene algunos años y lo había olvidado en mi google Drive.Vale la pena recordarlo ahora porque es la travesía que siempre me recuerda que quiero volver aquí. No hay en Argentina ninguna pista que se le parezca ni en longitud, ni en paisaje, ni en calidad de nieve (y eso que no entro en otros detalles que para qué...)


Pero, igual, a veces es duro y, sobre todo, da un poco de bronca depender tanto de las condiciones climáticas. Hoy fue nuestro tercer día y tuvimos nieve y sol. Días casi perfectos por un lado, pero tan fríos que tuvimos que comprarnos algunos implementos nuevos para sobrevivir. Ahora tengo una especie de burka que me deja disponibles solo los ojos y que fue clave para no morir congelada en la aerosilla: 15 grados bajo cero es mucho frío y se siente como cuchillitos sobre la piel. En cualquier caso, la gran cosa que contar de estos días es la cadena de problemas que se desencadenaron por una bota (unas que había comprado en Canada hace algunos años) que se me terminaron de romper. Pensamos en ir a comprar algo de reemplazo a Rutland después de un día de nevada constante. Al pedir el auto al valet parking, la chica on charge nos hizo algunas preguntas y recomendaciones sobre la nieve, porque era obvio que el auto no tiene buena tracción. Fue un tremendo error no alquilar una 4x4. Nos pareció que era un exceso y un lujo para nosotros dos solos, pero claramente, acá la tracción completa tiene que ver con una cosa mucho más real que en Buenos Aires. Así que, pese a la advertencia salimos camino a Rutland mientras continuaba una nevada tranquila… en una fila de autos que avanzaba bastante lento, notamos de pronto que el auto patinaba un poco. Ya se había hecho de noche, eran como las 17:30 y nos asustamos. Entonces decidimos dar la vuelta y regresar. Al encarar el camino cuesta arriba el auto no podía avanzar. Al parecer tiene un sistema de seguridad que hace que cuando detecta que las ruedas patinan, se detiene. Empezamos a desesperarnos haciendo marcha atrás con cuidado con el plan de dejarlo estacionado en un lugar decente y volver  caminando al hotel. Estábamos en eso cuando una camioneta Toyota nos pasó por la derecha. El flaco al volante, un rubiecito muy joven, nos ofreció ayuda. Nos ató con una cuerda y nos remolcó hasta la puerta del hotel. Ahí nos despedimos conformes y agradecidos… pero cuando quisimos dar con la entrada del hotel, el auto patinó y lo encajamos mal en una montaña de nieve. Imposible sacarlo, tuvimos que llamar a una grúa. En fin, yo no sabía, pero Adrian había querido alquilar cadenas en New York pero no tenian disponibles…y subestimamos el nivel de dificultad. Para colmo, luego nos dijeron que, además, el auto tenía cubiertas para verano, por lo cual, todo era más complicado. Nota mental: nunca más un auto sin 4x4 para el invierno en Vermont.




sábado, 13 de enero de 2024

Aerolina de bandera y una KIA desinflada

 12 de enero de 2024, Burlington 

Estoy que me quedo dormida, la verdad que fue medio un suplicio el viaje. Primero porque llegamos demasiado temprano a Ezeiza ¿quién nos manda? y segundo, porque, encima, el avión de Aerolíneas Argentinas salió bastante demorado. Nunca explicaron por qué ni pidieron disculpas, pero estábamos ya sobre la hora de embarque cuando alguien dijo al pasar en paralelo a la cola que se estaba armando en puerta que al avión recién habían ido a buscarlo al hangar. El avión salió más o menos una hora después pero nunca dieron explicaciones ni pidieron disculpas. El servicio fue bastante malo, la tripulación demasiado malhumorada y el avión vergonzosamente sucio. En fin. Viajamos como sardinas maltratadas en un avión mugriento. Pero la soberanía nacional y el video de la selección y la aerolíneadebandera y coso, ¿vieron? Bueno, eso.

Igual, llegar es hermoso. Aterrizamos en el JFK y ni bien abrieron las puertas corrimos a migraciones. El trámite fue muy rápido y en menos de media hora estábamos en el Air Train que en dos paradas nomas nos dejó en la puerta del Rental de AVIS. Agarramos una KIA chiquita que teníamos reservada y nos metimos de una en la autopista rumbo a Vermont sin mucho debate.



El viaje es un viaje conocido, primero pasar los puentes y luego apuntar a las Green Mountains. No vimos nieve hasta bastante cerca de la frontera de Massachusetts. Paramos unos momentos al llegar al centro de visitantes de Vermont, muy encantador. Tenían un pequeño buffet (a voluntad) que organizaba un grupo de senior citizens, así que nos llevamos algunas cositas saludables (bastoncitos de zanahoria, manzana, un sandwich de apio y huevo) y continuamos viaje. A las 16 ya se ponía el sol (aunque se sentían como las 18 por la diferencia horaria). Cuando llegamos al hotel estaba bastante oscuro así que no dio más que para acomodarnos un poquito, cenar tempranito y tirarnos a dormir.


Burlington, 13 de enero de 2024

Día feo y gris de esos que te hacen pensar en lo duro que es el invierno en estas latitudes. El sol sale tarde, tipo 8 y el cielo estaba totalmente cubierto. Anoche había nevado y llovido un poco, además, el pronóstico no era alentador. Decidimos desayunar con ganas y ponerle onda. Pero al salir al recorrer la zona nos agarró la lluvia… además tenemos un problema con los neumáticos, pareciera que hay uno que se desinfla. Así que anduvimos cargando aire y mirando el panel todo el tiempo porque al toque empezaba la alarma. La lluvia nos metió en un Walmart que recorrimos con parsimonia entre los locales. Un señor mayor en carrito entre las góndolas nos habló en español algo emocionado. Era de Puerto Rico pero se había criado en USA. Tenía igual un español impecable. Según nos contó su madre lo obligaba hablándole siempre en español y haciéndole escribir a su abuelo también: le corregía la ortografía y la acentuación para que aprendiera bien.


Cuando terminamos las compras volvimos a nuestro paseo. Algunas casas que rodean el lago Champlain son imponentes aun cuando el invierno las presenta un poco deslucidas.



Recorrimos también una zona de viñedos y vimos como el flood de la semana pasada había hecho unos cuantos destrozos. Para la caída del sol se veían los contornos de las nubes muy hermosos, por lo que hice un time lapse a pulso para sentir el atardecer. Recorrimos algo la ciudad que mira al lago y es muy encantadora.



Hay hoteles imponentes y una zona comercial moderna pero con estilo. Dimos algunas vueltas pero un poco preocupados por el neumático que se nos volvió a desinflar. Al regresar nos metimos un cachito en el gym del hotel para compensar tanto auto y tan poca caminata. Cenamos en la Panera Bread, una cadena que nos gustó por las opciones de sopas y ensaladas.